Juicios Críticos

Aurora Estrada en la lírica ecuatoriana

Este breviario lírico y amante -neorromántico, acaso por desprenderse del frondoso árbol modernista-, antes de esta reedición que saludo, era texto casi inencontrable en anaqueles públicos o privados, y sólo en fragmento conocido por quienes más debieran estar al día de los tesoros culturales del país, esto es: estudiantes y educadores nuevos, esa joven generación ávida de captar y transmitir las esencias de los valores permanentes del intelecto patrio.

Como la Erato del mito helénico, Aurora fecundizaba la lírica bohemia y antiburguesa del Grupo "Hermes", fragua neorromántica que forjara esa hiperestésica pléyade de cadenciosas voces poéticas un tanto olvidadas: los Granado y Guarnizo, Falquez Ampuero, Segovia, Pino de Ycaza, la singular Djenana, y el antirretórico e iconoclasta del movimiento, Hugo Mayo el Dadaísta, editores y colaboradores también de dos revistas literarias de vida efímera, Síngulus y Proteo, con las que iniciaron el intercambio epistolar y bibliográfico con los mejores poetas y prosistas continentales de la época: Valdelomar, Vallejo, Gabriela, Alfonsina, Sabat Ercasty, Vasconcelos.... A nivel nacional, "Los Hermes" agruparon también a los cuencanos Remigio Romero y Cordero, Ricardo Darquea, Remigio Tamariz Crespo, al ambateño Sergio Núñez, a los litoralenses Rubén Irigoyen, Luis Albizuri, Leopoldo Benites, Miguel Ángel Barona, poetas del verso y de la prosa, que "iban las noches a recitar los poemas de Silva sobe su sepulcro del cementerio; cenaban juntos, bebiendo en una misma copa, que la rompían al terminar el círculo". ¡Peregrina y estética Hermandad de Los Hermes, juzgada por Alfonso Rumazo González como "la primera sociedad literaria y original de nuestra literatura"!

Aunque algunos -con Hugo Mayo a la vanguardia- intentaran superar en su obra el refinado neorromanticismo post-modernista, predominaba la estética rubendariana con ligeras variantes rebeldes. Aurora, como es lógico, no puede sustraerse a esa corriente lírica nacional, ya superada a nivel hemisférico, y en su primer poemario rinde culto a las formas retóricas que universalizara el "Indio chorotega con manos de marqués". Mas lo hace con tan intensa y poderosa fuerza lírica y humana que -salvo dos o tres poemas demasiado ilusorios- su libro todo inaugura en la Literatura Ecuatoriana una Voz Poética de Mujer que el tiempo aún no supera, pues se dio más tarde en el verso libre y nuevo, existencialista, revolucionario, tierno y áspero cuando era preciso, preñado de humor amargo, de historia, de geografía, de contemporaneidad, construido para acunar su propia sangre derribada y "para los que tienen hambre y sed de justicia junto al hambre de pan".

Tiniebla (trenos bellísimos para la madre muerta), Cometas al Viento (poesía infantil de primera línea), Nuestro Canto (donde integra su sincera y profunda poesía revolucionaria y social), Hora Cero y Fatum (trepidante de angustia existencial y ruptura sardónica el primero, corno secuela de un vivencial despojo sufrido o imaginado), Evocación Shiri, conforman -junto a Como el Incienso- su Ópera Omnia Poética y la crítica tiene en ella material suficiente para espigar todos los ternas y formas líricas, de lo que deviene el hecho escueto que quiero señalar de una vez: Aurora Estrada es la más completa Mujer Poeta que ha dado Ecuador en lo que lleva de historia y una de las más grandes surgidas en el Continente. La técnica lograda del verso --retórico o vanguardista-- enmarcando un poderoso aliento poético, lo proclama.

¿Y qué más añadir sobre este breviario que el lector gozará ávidamente? Lo que a vista queda de todos. Una primera parte, que la Poeta dedica a su Madre en agradecido ofertorio, y donde canta su soledad virgen, en espera del amado, y en la que a cada paso -a ratos en estrofas de suprema belleza- radiografía su alma singular, su ensueño exquisito y raro, sus fantasmas melindrosos, su misticismo reencarnado en sucesivas vidas. Los simbolistas franceses prestan su clámide a la desnudez anímica y conceptual de la Museida ingrávida, sobre todo Baudelaire y Verlaine. Y -señoreando- Rubén Darío, con su alejandrino resonante, que en este libro predomina sobre el endecasílabo alado. De esta poesía sujeta al canon, son piezas perdurables: Insomnio; Cuando llueve; La canción de la semilla; El hombre que pasa; Clarinada (con esta estrofa premonitoria: "Viene un hálito frío del Norte amenazante, /Ilena el alma de América una agorera pena,/ se proyecta la sombra de una águila rampante/ avizorando ansiosa nuestra dulce colmena") Actitud; Con mis raras teorías; El divino cáliz [Sé la divina esencia que en mí guardo,/mas sé también el ánfora sagrada; / roja adelfa la carne y dulce nardo/ el alma de lo eterno enamorada.// Yo soy el sacro vino en que han saciado/ la Sombra y lo Divino su hondo anhelo, /así es mi carne sierpe de Pecado/ y mi alma una ala azul tendida al cielo"; el Poema de la casa en ruinas; La ruta "Nuestra gran pequeñez de su ciencia orgullosa/ interroga a los astros despreciando a la rosa"]; Mi alma como una lágrima; La sombra (poema de ritmo sincopado en dodecasílabos de numen misterioso, bajo el signo funesto del Scorpio, ámbito zodiacal de Aurora: "Sombra indefinible, visión angustiada/ que está a todas horas en la senda mía, / rostro que te ocultas a la luz del día,/ mirada de crimen que siento clavada!"] Los cauces eternos [Miré la sombra y presentí la aurora,/ sonreí al Enigma y al destino torvo/ y aprisionando la voluble hora/ alcé mi vino y lo bebí de un sorbo."]

La segunda parte del poemario, dedicado a Gustavo Ramírez Pérez, eje y razón de su fervor amante, es ya un paraje de soleado virtuosismo lírico. La ternura y la pasión humanas se afincan en un territorio de imágenes y metáforas de esplendor irreal, que estremecen y arroban al lector más sereno. Parece que esa "fina y pequeñita" mujer que creara estos cánticos, en alas de su ardor maravillado, se agigantara hasta trocarse en torre del trino y la leyenda que, desde el faro, lanza a la rosa de los vientos, la luz que abre el camino de todo el Amor transfigurado. Sólo el milagro de su amor es lo que cuenta: "Haz duro el pan que coma, más negra la ternura/ de mi incierto destino; dame el vasto dolor/ que soporta la tierra: Toda la desventura/ recibiré serena si me dejas mi amor!".

Y a raíz de ese ruego, florecen poemas acabados, como: Sólo así... así. Y es precisamente, en Como el Incienso donde fondo y forma se amalgaman, en las mejores páginas, para concretar desde el inicio la fórmula inmortal de su Canto.

Vale indicar también que, acaso por ser una obra donde la femineidad amorosa emerge cautivante, este libro ha captado los elogios encendidos de la crítica varonil que ostensiblemente lo prefiere a los que vinieran después. Por él se deciden Alejandro Carrión, Augusto Arias, Galo René Pérez, Alfonso Rumazo González, Julio Caillet-Bois (que ingresó "El poema de la Casa en Ruinas" a su Antología de la poesía Hispanoamericana, editada por Aguilar, en Madrid).

Oigamos lo que opina Alejandro Carrión: "Sus versos están sacudidos de un amor que, si bien halla a veces el espíritu, es más un entregamiento panteísta a la apasionada conservación de la especie. Dos poemas inmortales produce entonces Doña Aurora: "La Epístola al Amado" y el maravilloso soneto que comienza: "Es como un joven dios de la selva fragante..." Rara vez se ha llegado, dentro de los moldes modernistas, a igual perfección y emoción en la factura del soneto".

Augusto Arias, reconoce: "Una de las obras poéticas de mayor resonancia es la de Aurora Estrada y Ayala de Ramírez Pérez. No se ha podido prescindir de buscarla parentesco y compararla con sus hermanas de América, Delmira Agustini y Alfonsina Storni. Igual el reclamo amoroso de la primera hora, la seguridad de la estrofa, la audacia de los acentos, el vuelo emocionado de la palabra. Un soneto suyo (El hombre que Pasa) ingresó a las antologías americanas y ha sido repetido muchas veces corno el fruto cuajado en el que laten las mieles y los acíbares de la especie"

En Pensamiento y Literatura del Ecuador, Galo René Pérez se parcializa por este primer libro de Aurora diciendo "que expresa en deleitable forma reacciones íntimas del alma femenina, acaso similares a las de las conocidas poetisas hispanoamericanas", eludiendo toda referenci a al resto de su cuajada obra.

Sólo Benjamín Carrión -con su amplitud iluminada- reconoce al valor global de la Poeta, liberado de prejuicios políticos tan graves como los morales o religiosos cuando incursionan en el terreno del Arte: "Hay en la poesía de Aurora Estrada una honda preocupación por las fuerzas esenciales del hombre y de la especie. Y al mismo tiempo, una ternura cálida y fecunda, que le ha dado la mano y le ha enseñado los caminos de la Revolución; a la que ha ido primeramente sentimental, femenina, materna, para luego enardecer el tono del canto proletario, y darle médula de lucha y sonar de batalla".

("Así ser de nuevo pura/ blanca de malos amores tornar a ti en la dulzura/ del crepúsculo y las flores"); Cuando vuelvas sin mí (laureado en Juegos Florales, donde la Poeta ensaya el verso libre, sin rima, ensamblando ritmos de arte menor y mayor, en logrado fluir armónico); Ananké (soneto rubendariano de inolvidable expresividad: "Sórbeme el alma, Amor, en un beso infinito,/ como el sol a la gota de lluvia cristalina;/ inmólame a tus ansias con el fervor de un rito/ secreto celebrado por voluntad divina"], La senda ("Soy débil y me apoyo temblorosa en tu brazo,/ tu voz me arrulla el alma como un canto de cuna"]; Yo soy (dieciséis alejandrinos de consonancia alternante en la que Aurora confiesa sin tapujos: "Vivo mi propia vida y dejo indiferente/ que piensen lo que quieran y que nadie me entienda"]; Epístola al Amado (otra cifra antológica del libro, de integral belleza, con esta estrofa que refulge: "No he tenido vergüenza de correr tras tus huellas/ he besado tus manos si me hirieron airadas./ Me he mirado en tus ojos./ Me he escuchado en tu acento/ y sintiéndote "mío"/ no son para mis sueños/ los otros hombres, hombres!"]; La cita ("Yo fui a la cita, Amado, como siempre llevando/ la miel, la flor, el bálsamo y el agua milagrosa!"]; Es la vida y acaso..... (soneto alejandrino en que palpita bellamente el misterio de la maternidad, dubitando frente al máximo poder creativo: "Hoy mi ser estremece su palpitar inquieto/ y sintiendo la angustia del que esconde un secreto/ como la hoja a la brisa yo me doy a la Suerte.// Y la simiente crece bajo una estrella incierta,/ está por recibirla mi ternura despierta,/ es la vida y acaso me conduzca a la Muerte!"], La marca (otro soneto de igual canon, donde reitera su fervor reencarnado: "Amor antiguo y fuerte que a través de las vidas/ vienes siempre a buscarme salvando tos abismos"]; El poema dulce (estrofas de la maternidad feliz, enternurada, que Aurora entrega al Planeta ofrendándole el hijo: "Tierra, celeste madre: siémbrale tus caminos/ de céspedes sedosos y rosales en flor,/ dale tus aguas puras y embriágalo de trinos,/ desnuda tu alma eterna a sus ojos en fiebre."] y, como epílogo de oro, El Rosal, poema de añoranza lírica y de vital entrega que entrelaza versos de arte menor y mayor, exentos de rima, en otra apertura de venturosa técnica libre al verso nuevo y anchuroso que la Poeta construyera a raíz de este poemario, dueña siempre del universo mágico del Canto. Mujer nacida para vivir en Belleza. Y cuyo hermoso estímulo, que alentó mis pasos iniciales en el verso, es ahora nostalgia de su inencontrable dulzura, generosidad, sabiduría humana y magisterio poético, a los que rindo tributo -ya sé que insuficiente- desde este Liminar, cordialmente solicitado por los Profs. Elías Muñoz Vicuña y Melania Mora de Hadatty.

Guayaquil, Marzo 29 de 1982

Algunas Imágenes

Fotografia junto a Eleanor Rooslvelt.

Fotografía tomada en 1959.

Publicación de Diario El Universo.